David y Goliat

Gonzalo Flor Serrano

Puedes verlos a los dos frente a frente en una  foto que conmovió a todo el mundo, la de “el hombre de Tiananmen”, aquel hombrecillo sólo, en mangas de camisa, sin otra cosa que dos bolsas de plástico en las manos, que logró detener a una columna entera de tanques en una de las grandes avenidas de Pekín el 5 de junio de 1989. Y puedes leer su historia en el capítulo 17 del primer libro de Samuel (1 Sm 17).

Es una narración bíblica muy conocida: el rey de Israel, Saúl, con todo su ejército, está frente al ejército filisteo para entablar combate. De entre los filisteos se adelanta de pronto un campeón descomunal, Goliat, armado hasta los dientes, que desafía a las huestes de Israel. El rey y los israelitas se aterrorizan y huyen del campo de batalla. Y la escena se repite durante cuarenta días. El rey Saúl promete colmar de riquezas al que venza a Goliat, además de darle la mano de su hija y librar de impuestos a su familia. Un pastorcillo, David, que había ido al campamento israelita para interesarse por sus hermanos, presencia un día la escena del filisteo y, ni corto ni perezoso, acepta el desafío y se decide a luchar con él. El resultado lo conocemos todos: vence a Goliat con una pedrada en la frente.

El relato sigue el esquema literario de cuento maravilloso: un ogro, un gigante o un dragón que aterrorizan a un pueblo,  el rey que promete la mano de su hija y la mitad de su reino al que lo venza, varios príncipes que lo intentan y fracasan, y al final un labriego valiente y astuto derrota al dragón/gigante/ogro, se casa con la princesa y se queda con la mitad del reino.

¿Qué hacemos con esta historia en la Biblia? ¿Se trata sólo de un cuentecito casi infantil o de una leyenda muy antigua en Israel para glorificar a un héroe popular? Pues sí, algo de eso hay. Pero en realidad la narración es una lección de teología. Veámoslo despacito.

Para empezar hay que decir que nos encontramos ante materiales no históricos, sino legendarios, de tipo popular, con datos fragmentarios, contradictorios (en 2 Sm 21,19 el que mata a Goliat es un tal Eljanán; y en 1 Cro 20,5 Eljanán al que mata es a un hermano de Goliat llamado Lajmí (¡)), imposibles de verificar histórica­mente… ¿Y quién se atreve a pedir otra cosa a las leyendas de los héroes populares? Lo que pretenden, ya lo hemos dicho,  es glorificar al gran héroe nacional, al fundador del Reino y de la nación, al glorioso rey David, cabeza de una dinastía secular en Israel.

¡Pero es que Dios habla a través de esta leyenda popular! Al menos eso creen ellos y así nos lo presentan.Históricamente los orígenes de David están oscuros. El pueblo aclaró en sus narraciones folclóricas lo que no sabía por la historia. Y confesó así su fe y nos la transmitió: Dios elige a quien quiere, está con él, le ayuda siempre, incluso en las circunstancias más inverosími­les. Fue él quien eligió a David y lo asistió desde sus orígenes. Las hazañas de David, su habilidad para la música, sus cualidades como guerrero y después como jefe nacional se explican porque Dios estaba detrás de él, apoyándolo y ayudándolo.

También nos están diciendo que su propia existencia como nación es fruto de la acción de Dios, que la fundación del reino es en el fondo una obra divina por la que deben estarle agradecidos a lo largo de los siglos. Léase todo esto en esta perspectiva: “Somos una nación sagrada. Yahvé está siempre con nosotros, porque él nos fundó por medio de su santo siervo David, le juró que no lo abandonaría nunca, y nos gobierna hasta hoy por medio de los sucesores de aquel gran rey” (Ver 2 Sm 7; Sal 18,51; 78,70-72; 89; 132).

Y en esas leyendas populares, en la fe que expresan, Dios nos manifestó así su mensaje: él dirige la historia, cuida de sus elegidos y de su pueblo y prepara su salvación definitiva que realizará por medio de un hijo de aquel David de la historia y la leyenda.

Más aún: Dios se sale con la suya con instrumentos pequeños, humildes, casi impotentes: Dios vence sin espadas ni lanzas, como dice David (1 Sm 17,47). Es que Goliat lucha por su pueblo, mientras que David lucha por Yahvé, porque el gigante, al desafiar a Israel, ha desafiado al Dios de Israel (1 Sm 17,26.36.45).

¿Lo actualizamos? Sin fuerzas, sin armas, con pobres instrumentos, los creyentes podemos vencer obstáculos imposibles en la construcción del Reinado de Dios: ni las multinacionles, ni el pecado, ni la resistencia de los poderosos, ni nada ni nadie podrá impedir que logremos la victoria de Dios. No tenemos miedo: ¡nosotros venceremos!

 

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¿Para qué sirve la lectio divina?

Para leer el Evangelio del día más que con la cabeza… Para ir convirtiendo al Señor las intenciones y actitudes del corazón… Para evangelizar tu forma de vida… Para comprenderte desde la vida de Jesús… Para aprender a vivir como hermano de cada persona… Para escuchar al Señor, conocer sus planes y decir que sí como María… Para iluminar las cosas que van pasando en tu vida y ser feliz por los caminos del Señor… Para vivir mejor la Eucaristía en la mesa del Pan y la Palabra del Señor…

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Leer la Biblia en las prisiones: Para internos que me van a comprender.

Colega:   Ha sido leyendo muchos días la Biblia buscando la Palabra de Dios donde he comprendido que todos los presos del mundo tenemos la posibilidad de salir, que no hay rejas que nos encierren ni puertas que nos detengan. El lugar no está tan protegido como parece, ni hay tantas cámaras y alarmas como creemos, ni los funcionarios son tan  fuertes como parecen. Solo estamos privados de libertad por nuestra decisión.

He leído en la Biblia: “Y conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres”. Y  esto es cierto, lo aseguro. Necesitamos reconocer que vivir presos del odio, del rencor, del dolor, de echarle la culpa a otro, del temor, o de la tristeza… es sólo nuestra decisión. Basta con decidir salir de esa prisión para encontrar la libertad que Jesús nos ofrece.

Podemos permanecer encerrados en una cárcel toda nuestra vida ó vivir libres. Hay cosas de la vida -que cada uno sabe bien- que quieren robarnos la bendición de ser felices, querer a las personas, estar centrados humanamente y luchar contra todo lo que nos destruye y esclaviza. Somos nosotros los que aceptamos recibir la fuerza y el poder que viene de Dios, para soportar las aflicciones y actuar con sabiduría ante las dificultades. El dolor es una oportunidad para disfrutar de la libertad que Jesucristo nos consiguió muriendo en la cruz y resucitando para que seamos felices en su compañía.

Te invito a salir de esa prisión en la que te encuentras: entrega a Jesús tu vida entera, todo lo que has hecho, lo que más te duele y te hace sufrir. Él sabe todo lo que te pasa por dentro. Pídele que te liberte hoy y camina creyendo y confiado en que El guardará tu corazón, sanará tus heridas y te rodeará con cánticos de liberación. El te guiará a  verdad verdaera y te enseñará el camino que debes seguir. Te lo digo de corazón: Créetelo, Jesús te quiere dar su libertad. Él es la verdad que tanto buscas.

Ojala te lo creas. Me quedan por pagar tres años, pero Jesús me ha dado la vida eterna, Rosa.

Revista Según tu Palabra

Ejercicios de lectura orante y creyente

Leer abriendo el corazón: puede significar que te olvides un poco más de tus problemas y esperes sorpresas de Dios. Tal vez quiera decir para ti que no te consideres tan listo y entendido en las cosas de Dios. Que te acerques más a la Virgen María para que ella te enseñe humildad y entrega a la voluntad de Dios más que a la tuya.

Leer en un clima de oración: quiere decir estar tranquilo, pararte un rato, levantar el freno de mano y dedicarte solo a lo que vas a hacer. Es importante el ambiente, el lugar, el tiempo que dedicas a la oración. Los detalles y signos que te ayuden a la intimidad, el recogimiento y la concentración son buenos para entrar en el territorio de la Palabra.

Leer con atención: es para muchos fijarse bien en las palabras escritas del texto. En quién habla, en el mensaje de lo que dice, en los contextos. Hay quien subraya y destaca las palabras clave,  las que no comprende bien, las que más impactan…  Hay gente que se trabaja el texto ayudándose de notas y comentarios. Hay quien besa lo que ha leído.

Leer despacio: es como deletrear, paladear, decir despacio las palabras para que entren a formar parte de uno mismo. No te conformes con la primera lectura. Cuando lees el texto varias veces, cada una es más intensa y profunda; así entras mejor en lo que quiere decir. Los espacios entre puntos y palabras te invitan a hacer pausas de silencio.

Leer escuchando: quiere decir que no estás solo, que alguien te habla, que hay compañía y más que letras en la escritura. Quiere decir que hay que dar espacio a quien te habla y no leer para uno solo. Los ojos de la fe te mueven a poner escucha y atención a quien te habla en las palabras escritas. No quieras leer la Biblia como la prensa.

Leer dejando hablar a Dios: es algo así como hacer silencio para dejar hablar al otro, para darle tiempo, espacio, y atención. Es escuchar lo que te llega, dar cabida en tu interior, estar con quien está contigo, acoger lo que te dan. Es mirar a quien te mira y salir de tus seguridades, tus planes y tus medidas. Es dejar hacer al Espíritu de Jesús y abrirle el corazón.

Leer orando: viene a ser mucho más que rezar bien, usar muchas palabras,  y decir oraciones. Más bien, es quedarte sin palabras y expresar tus sentimientos al amor de quien tienes cerca. Es contemplar que Dios te habla en Jesús y te hace más humano el corazón. Es responder desde tus pobrezas a la voluntad de Dios que enciende tu corazón con la vida de Jesús.

Leer mirando a Jesús: quiere decir que pones tus ojos en su persona, que reconoces que él es el fin, el sentido y la ciencia suprema de las Escrituras. Quiere decir que lo buscas primero a él en cada pasaje que lees, que procuras centrarte en su rostro, que haces por no distraerte, porque él es la buena noticia y el Dios-con-nosotros que salva.

Leer iluminando la vida: significa confrontar lo que lees con lo que pasa en tu familia, en el trabajo, a la gente con las que vives, y en todo lo que pasa en tu corazón. El Espíritu Santo tiene el trabajo de encajarte en el cuerpo de Cristo y en la Iglesia a través de una comunidad. En esta vida nueva Jesús es la luz que ilumina lo que vives.

Leer confiando en Dios: es una forma de vida: la de María, la de Abrahán, la de José, la de Pablo, la de María Magdalena… y tantos hombres y mujeres de la Biblia que se fiaron de Dios. Los problemas, tu pasado, tus miedos, tus miserias, la enfermedad y todo lo que nos pasa tiene su sentido en Dios. La Biblia esta llena promesas que se cumplen, por eso enseña  a vivir fiándose de Jesús.

Revista Según tu Palabra

 

La lectura de Dios

La Biblia lugar de encuentro con Dios

“Si fuera yo quien tuviera que determinar dónde hallar a Dios, encontraría siempre a un Dios que está de acuerdo con mi manera de ser. Pero si es Dios quien establece el lugar de encuentro, en tal caso no será un lugar para halagar a la humana naturaleza, un lugar conforme a mi gusto. Este lugar es la cruz de Cristo, y todo aquel que quiera hallarlo debe acudir al pie de la cruz, como lo exige el Sermón de la Montaña. Esto no complace en nada a nuestra naturaleza, sino que le es enteramente contrario. Pero tal es el mensaje bíblico, no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo.

Y quisiera haceros una confidencia personal: desde que considero la Biblia como el lugar de encuentro con Dios, ‘el lugar que Dios me ofrece para encontrarlo’, todos los días voy de maravilla en maravilla. La leo mañana y tarde, y con frecuencia, a lo largo del día, medito un texto que he escogido para la semana y procuro sumergirme en él profundamente para poder entender de verdad lo que en él nos dice. Estoy convencido de que sin esto no podría vivir verdaderamente y ciertamente ya no podría creer”.

(D. Bonhoffer. Vida en comunidad. Pág 40)

*  Estas entradas, que publicamos periódicamente, proceden de la obra de García M. Colombas, osb.  Editorial Monte Casino. Zamora:

La Lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina.

Puedes pedir este libro directamente a la editorial y lo recibes a domicilio, con descuento especial para los Amigos de la lectio divina:

Tel: 980 531 607  E-mail: edmontecasino@gmail.com

 

Amor a la Palabra de Dios

“Es obra del Espíritu Santo”

La lectio del Evangelio durante un tiempo cada día me va dando a entender el corazón de Dios, como el Padre de Jesús. Y así recibo el amor de Dios a la Palabra.  Yo antes leía la Biblia solo con la cabeza: para estudiar, para apoyar en su enseñanza la revelación de Dios, para afianzar los principios de la fe… Pero a partir de unos sucesos fuertes en la vida, empecé a descubrir como un regalo la presencia de quien habla queriéndote a través de las palabras. Es otra dimensión, es una especie de compañía amorosa que te va enseñando a  vivir y caminar, pero como hacen las madres. En la lectura orante y creyente veo la mano del Espíritu Santo que da chispa a la literatura y sentidos de las palabras, para que enciendan en el corazón la voluntad de Dios. Para mí el amor a la Palabra es obra del Espíritu Santo. Manolo M.

“Un apasionado de la Palabra”

Yo recibí “una formación” y una “catequesis” más bien complicadas sobre la Biblia. Eran otros tiempos: se conocía poco, no estaba tan cercana en la Iglesia como ahora… En realidad estaba casi prohibido y mal visto leerla. Casi nadie tenía una…  Yo conocí la Biblia a través de un familiar que era protestante. Y el amor a la Palabra de Dios me lo transmitió el párroco del pueblo en el que estuve cinco años de profesor. Este hombre era un apasionado de la Palabra y un magnifico comunicador. Era un santo: vivía y sentía un amor muy grande al Señor. A mí –y a mucha gente en el pueblo- me dejó dentro la semilla de que leer el Evangelio es alimento. Y al cabo de quince años todavía me acerco hoy  a la mesa con ganas de comer. Y es que es verdad.  El día que me falta lo noto. La vida de Jesús me da salud y me da vida, porque vivir hacía los demás ha sido mi salvación. Trabajar en la enseñanza está cada día más duro, pero con la luz del Evangelio y la ayuda del Señor, me acuesto muchas noches dando gracias al Señor por su amor y su bondad. Jacinto P.

La palabra rûaj

Gonzalo Flor Serrano

Esta palabra hebrea tiene muchas significaciones: soplo, viento, aliento (como en griego pneuma y en latín spiritus). “Seguramente en su origen el término significaba el aire, la atmósfera…, elemento misterioso, invisible y, con todo, indispensable para la vida. Realidad impalpable, pero que a veces se impone con la fuerza de la tempestad; realidad cósmica de la cual depende el hombre y que éste jamás puede dirigir a su antojo. Es decir, una fuerza vital en el universo, dependiente de Dios, su creador” (DEB). Es fuerza vital (el aliento, la respiración, el soplo vital, es la señal de la vida), y además tiene que ver con los movimientos del alma: con el ánimo, con la ira, con la tristeza, etc.: “perder el ánimo”, “estar con la respiración agitada”, “quedarse sin respiro”; por eso es sede del sentimiento, del pensamiento, de la voluntad, lo mismo que el corazón o el alma.

Cuando se dice de Dios, el “espíritu” o “aliento” de Dios es, como lo son su mano, su rostro, sus narices, su boca, instrumento de la acción de Dios, es decir, Dios mismo actuando. Actúa, impulsa, invade a los hombres para la salvación del pueblo, hace hablar a los profetas, es fuerza vital y creadora, y revitalizará al pueblo cuando Dios lo derrame sobre él.

El Nuevo Testamento considera que esa gran efusión del Espíritu de Dios (que es la fuerza de Dios que va tomando carácter cada vez más personal) ya se ha producido: primero en Jesús –nacido del Espíritu, guiado por el Espíritu, invadido y ungido por el Espíritu, dador del Espíritu-, y por él en el nuevo pueblo de Dios y en cada uno de sus miembros, lo que se refleja fundamentalmente en Pentecostés.