Animar la lectura de la Biblia: una tarea y un regalo.

Gonzalo Flor Serrano,  miembro de este grupo de amigos de la lectio divina

 (En recuerdo y agradecimiento a su dedicación para enseñarnos a comprender las Escrituras y amar la Palabra de Dios)

Era a mediados de septiembre. Hacía mucho calor. La plaza que se abría ante la Puerta del Agua estaba abarrotada. Habían montado un estrado para la ocasión, una especie de púlpito de madera, y desde él el sacerdote y letrado Esdras se disponía a empezar la lectura del libro de la Ley de Moisés. Se hizo un silencio sobrecogedor cuando Esdrás abrió el libro. Todos se pusieron en pie y la voz de Esdras resonó con fuerza sobre las cabezas de todos. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y toda la gente, levantando las manos, lanzó un clamor unánime: “Amén, amén”. Luego empezó la lectura. Había otros once lectores, levitas, que leían desde otros puestos el mismo libro de la Ley. Lo traducían y lo explicaban a la gente, para que lo pudieran entender. La gente seguía con atención la lectura y las explicaciones. Estuvieron así varias horas, desde el amanecer hasta el mediodía, a pesar del sol de justicia que los castigaba. La escena era grandiosa e impresionante: mujeres, hombres, todos los que tenían uso de razón, apretados, atentos, conmovidos, con lágrimas en los ojos…

Lo cuenta Nehemías, en el capítulo 8 de su libro (Neh 8,1-12). Nosotros también nos emocionamos al imaginarnos el episodio y al comprobar, un poco después, la reacción de la gente y las recomendaciones de Esdras y Nehemías y los levitas que hacían la lectura: no se debía llorar, no se podía estar tristes en un día como ése, era un día consagrado al Señor, un día de alegría y fiesta, de celebración, una ocasión especial para comer y beber y bailar y hacer un gran festejo porque habían oído la Palabra de Dios y se la habían explicado… ¡y la habían comprendido!

Queremos subrayar esto último: la habían comprendido. Lo subraya el texto de Nehemías (Neh 8,12), Parece que eso fue lo más importante: la comprensión de las palabras de la Escritura. Como si no fuera lo normal, como si fuese algo extraordinario. Pero… ¿es así de verdad? Entender la Palabra de Dios cuando se lee o cuando se escucha, ¿es lo normal? ¿No es cierto que con demasiada frecuencia no entendemos la Biblia? ¿Que muchas de las explicaciones que nos dan o “se van por los cerros de Úbeda” o son más abstrusas y difíciles de entender que la misma Palabra de Dios?

La animación bíblica, aquí queríamos llegar, es una tarea muy delicada y de mucha responsabilidad. La animación bíblica se hace desde muchos ámbitos: los cursos de Biblia, las homilías, las charlas, las reuniones de grupo, los círculos de oración… Pues bien, en todos ellos es necesario que los respectivos animadores estén muy preparados: deben explicar la Palabra, lograr que se entienda y que todos podamos aplicarla a la propia vida. No se trata de entretenerse en disertaciones eruditas sobre historia, sobre literatura, sobre costumbres sociales o cuestiones científicas… Es más bien poner la Palabra al alcance de los oyentes, proporcionarle las claves de lectura de los textos, responder o, mejor, ayudar a que se respondan a las preguntas que el texto plantea y conseguir que descubramos lo que la Palabra nos dice aquí y ahora, en nuestras circunstancias presentes, personales y sociales.

Un autor italiano, G. Ravasi[1], descubre en el texto de Nehemías que hemos leído al principio siete componentes de esa tarea de animación a la lectura de los textos bíblicos:

 

  1. Leer: la Palabra de Dios. Acostumbrarse a leer, hoy que sobre todo vemos y oímos, especialmenbte la tv. Habituarse a leer, a recrearse en la lectura. Los hebreos no llaman a la Biblia “escritura”, sino miqra’, o sea, “la lectura” (viene de la raíz qr’, de donde procede también “Corán”).

 

  1. Explicar: “Dijo Felipe: ¿Entiendes lo que estás leyendo? Y respondió el etíope: ¿Y como voy a entenderlo, si nadie me lo explica?” (Hch 8,30-31). Esto implica la exégesis, el estudio serio de la Biblia contra las espontaneidades y las genialidades y los fundamentalismos de algunos que son, más que devotos y dóciles al Espíritu, grandísimos perezosos y, en el fondo, irrespetuosos con la Palabra de Dios.

 

  1. Comprender: un conocer con la cabeza y con el corazón, un “conocimiento sabroso”, paladeando, cogiéndole gusto, dejándolo penetrar y empapar.

 

  1. Escuchar: “escuchar”, en hebreo, es el mismo verbo que “obedecer”. Escuchar es adherirse, hacer caso. No es sólo actividad intelectiva, sino implicación personal, afectiva.

 

  1. Llorar: es decir, convertirse. Se lloran las infidelidades a la Palabra, que juzga y pone al descubierto toda nuestra vida. No es simple información: es espada tajante de dos filos que penetra hasta las coyunturas del alma y lo desvela todo (cfr. Heb 4,12-13).

 

  1. Compartir: Los oyentes de Esdras llevan viandas a los que no tienen. La Palabra empuja hacia los menesterosos, los pobres, los desposeídos, a llevarles el pan material y también el pan de la Palabra. Después de descubrirnos nuestro propio interior, la Palabra de Dios nos hace volvernos hacia los demás.

 

  1. Celebrar: Hacer fiesta, celebrar, alegrarse, gozar con lo oído, lo entendido, lo vivido. Vivir la misma alegría de Dios, entender que hemos sido privilegiados con la Palabra, con el regalo precioso de la Palabra, fruto y manifestación del amor de Dios…

 

Siete palabras: leer, explicar, comprender, escuchar, llorar, compartir, celebrar… Tal es la trayectoria de la animación bíblica en el seno de la comunidad eclesial en todos sus ámbitos.

 

  • Ravasi, El maestro en la Biblia. Actas del Seminario Internacional sobrte “Jesús, el Maestro”, Ariccia, 14-24 de octubre de 1996

 

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