Claves de lectio divina

“La lectio divina consiste en quedarse durante un cierto tiempo sobre un texto bíblico, leyéndolo y releyéndolo, casi «rumiándolo» come dicen los Padres, y exprimiendo, por así decir, todo el «jugo», para que nutra la meditación y la contemplación y llegue a regar como savia la vida concreta. Condición de la lectio divina es que la mente y el corazón estén iluminados por el Espíritu, a saber, por el mismo Inspirador de la Sagrada. Escritura, y se pongan por eso en actitud de «religiosa escucha»”.

“Hay que huir de lo académico. Que no se convierta el encuentro en una clase de exégesis, ni en charla bíblica, ni en ocasión para brindar consejos espirituales a los demás, ni en minúsculas homilías. Que nuestra intervención brote de forma transparente de la profundidad del corazón, que ha sido tocado por la gracia de la Palabra de Dios”.

“La lectio divina es una lectura, personal o comunitaria, de la Biblia, acogida como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la inspiración del Espíritu Santo en meditación, oración y compromiso cristiano. Lectura en el Espíritu, o Biblia orada: eso es la lectio divina. La palabra lectio nos suena a lección, o clase… En nuestra lengua española se ha impuesto, debido a un préstamo servil del latín, el uso habitual de la expresión lectio divina. Lamentable resulta constatar que,  para buen número de creyentes, la lectio divina se reduce a una meditación, o reflexión en torno a la Palabra, a decir algo sobre ella (Masini)”.

1.- Lectura (lectio). Lo que el texto dice.

 2.- Meditación (meditatio).Lo que el texto me dice.

 3.- Oración (oractio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.  

      Habla, Señor, que tu siervo escucha.

 4.- Acción misionera (actio). Hágase en mí según tu Palabra”.

“Esta lectura detenida  produce un conocimiento sorprendente del texto por la multiplicidad de aspectos nuevos que se pueden detectar. Nunca se ponderará suficientemente la fuerza iluminadora que posee la lectura reflexiva de la Palabra. Nosotros,  por la insana rutina de la costumbre, normalmente no «leemos con atención la Palabra», sino que la sobrevolamos pues pensamos que ya la conocemos casi de memoria. La energía de la Palabra, entonces,  no nos penetra ni nos impregna íntimamente; nos resbala y lamentablemente se queda en algo externo, sin capacidad real de transformación”.

“Lee también los lugares paralelos que cualquier Biblia te ofrece, ayúdate de algunos instrumentos exegéticos, algún diccionario bíblico, comentarios patrísticos, espirituales, para entender adecuadamente, en profundidad y en extensión lo que el texto de la Escritura dice en sí. De esta manera podrás evitar los dos grandes peligros que hoy nos acechan: el fundamentalismo, es decir, interpretar la Biblia al pie de la letra; y el espiritualismo desencarnado: pensar que Dios me habla al instante y sin mediaciones  humanas ni previo discernimiento. Pero no caigas en la acumulación erudita de datos. No es una clase de exégesis lo que estás haciendo. Lee despacio, tratando de imprimir en el corazón lo que dice el texto. Es Dios quien con su palabra encarnada te habla y te interpela”.

“¿En qué momento se debe pasar de la lectura a la meditación? Es difícil delimitarlo. Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones. Dale calor a la Palabra. Hay que comer, asimilar ese alimento porque es palabra «viva» que da «vida»y nutre la fe. No es cuestión de meditarla fríamente con el cerebro, sino de permitir que descienda a la hondura de nuestro espíritu. Hay que emplear el método que usaba María, nuestra madre. Dice de ella san Lucas (2,19) en un verso densísimo: «María, en cambio, conservaba todas estas cosas, meditándolas  en su corazón». Se trata de una «rumia» (ruminatio) que hace posible que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo  hecha carne propia”

 Francisco Contreras Molina CMF (Carta a los misioneros claretianos).

 

 

 

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