Leer… Meditar… Rumiar…

Los monjes antiguos y medievales solían practicar la meditatio: asimilar mejor lo que leían, asimilarlo por completo, mediante una especie de masticación y digestión comparables a las de los rumiantes. En realidad, tanto en los autores antiguos como en los medievales aparecen con frecuencia los vocablos ruminatio y ruminare como sinónimos de meditatio y meditare.

B. Lotz compara la meditatio a un buen enólogo que conserva y agita sobre la lengua un vino generoso hasta que ha gustado completamente su sabor, absorbiéndolo enteramente.

Louf “piensa involuntariamente en la apacible e interminable rumia de las vacas a la sombra de un árbol; la imagen es un poco trivial, pero elocuente: evoca el reposo, la quietud, una total concentración, una paciente asimilación”.

Ruppert prefiere ruminatio a meditatio, aun reconociendo que son sinónimos, porque resiste mejor al peligro del intelectualismo; la ruminatio, según él, consta de dos partes: primera, repetir con frecuencia e incluso continuamente una palabra o un texto; segunda, saborear y asimilar interiormente esa palabra. La imagen de la masticación, la digestión y la asimilación interior conviene mejor al efecto que se pretende: hacer pasar la Palabra de Dios no a la cabeza, sino al corazón.

Desde el principio del monacato, la meditatio aparece como un elemento que podría clasificarse entre los más esenciales. La practicaron san Antonio y los ermitaños, san Pacomio y sus discípulos.

Los maestros de los monjes la aconsejaron, la impusieron, sin cansarse de insistir. Un apotegma atribuido a san Antonio en una colección afirma que el monje no debe ser como el caballo, que come mucho y a todas horas y enseguida pierde lo que come, sino como el camello, que va rumiando lo que ha comido hasta que el alimento penetra en “sus huesos y sus carnes”.

Meditare, ruminare -escribe J. Leclercq-, significa “adherirse íntimamente a la frase que se recita y pesar todas sus palabras para alcanzar la plenitud de su sentido”; significa “asimilar el contenido de un texto por medio de una cierta masticación que le extrae todo su sabor”; significa saborearlo con el “paladar del corazón”

(Tomado de: La Lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina. G. M. Colombas. Edic. Monte Cansino)

 

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