Los más pobres me enseñaron…

Para mí la Palabra de Dios es el sentido de mi vida, es el contacto permanente con Dios, con Jesús, con su Espíritu… Es todo: mi iluminación, mi camino, mi verdad, mi guía; es mi consuelo y la alegría de mi corazón.

En ella descubro un Dios enamorado y apasionado por todos nosotros, y en mí siempre se dio aquello del profeta Elías que decía; “ardo de celos, de pasión por el Señor, mi Dios… porque su pueblo se ha olvidado de Él. (1Re 19). Desde que descubrí a Dios en su Palabra toda mi pasión es darla a conocer. Y como franciscana que soy, vivir el Evangelio a la letra…

 El gran descubrimiento de la Biblia en mi vida, ha sido en las comunidades Bíblicas con los pobres de la tierra, concretamente en la Patagonia Argentina. Allí teníamos comunidades pequeñas donde nos nutríamos semanalmente de la Lectura Orante, guiándonos de libritos de Carlos Mester. Vivíamos centrados en lo que vivieron los discípulos y las discípulas de Jesús cuando Él los mandó atravesar al otro lado del mar.

Los más pobres me enseñaron a confiar totalmente en el Señor, aun en la noche oscura, de la pobreza total: sin seguridades pero seguros en que el Señor nunca nos abandona. No fue una experiencia teórica, sino la vivencia diaria de experimentar  la presencia de Dios en cada persona y en todas las cosas. El fue quien nos acompañó siempre. Y esos grupos siguen viviendo gracia a la fe en la Palabra de Dios, que es mucho más que las palabras escritas. Es la vida encarnada de Jesús en la comunidad creyente.

H. Marisa, fmm

 

 

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Leer… Meditar… Rumiar…

Los monjes antiguos y medievales solían practicar la meditatio: asimilar mejor lo que leían, asimilarlo por completo, mediante una especie de masticación y digestión comparables a las de los rumiantes. En realidad, tanto en los autores antiguos como en los medievales aparecen con frecuencia los vocablos ruminatio y ruminare como sinónimos de meditatio y meditare.

B. Lotz compara la meditatio a un buen enólogo que conserva y agita sobre la lengua un vino generoso hasta que ha gustado completamente su sabor, absorbiéndolo enteramente.

Louf “piensa involuntariamente en la apacible e interminable rumia de las vacas a la sombra de un árbol; la imagen es un poco trivial, pero elocuente: evoca el reposo, la quietud, una total concentración, una paciente asimilación”.

Ruppert prefiere ruminatio a meditatio, aun reconociendo que son sinónimos, porque resiste mejor al peligro del intelectualismo; la ruminatio, según él, consta de dos partes: primera, repetir con frecuencia e incluso continuamente una palabra o un texto; segunda, saborear y asimilar interiormente esa palabra. La imagen de la masticación, la digestión y la asimilación interior conviene mejor al efecto que se pretende: hacer pasar la Palabra de Dios no a la cabeza, sino al corazón.

Desde el principio del monacato, la meditatio aparece como un elemento que podría clasificarse entre los más esenciales. La practicaron san Antonio y los ermitaños, san Pacomio y sus discípulos.

Los maestros de los monjes la aconsejaron, la impusieron, sin cansarse de insistir. Un apotegma atribuido a san Antonio en una colección afirma que el monje no debe ser como el caballo, que come mucho y a todas horas y enseguida pierde lo que come, sino como el camello, que va rumiando lo que ha comido hasta que el alimento penetra en “sus huesos y sus carnes”.

Meditare, ruminare -escribe J. Leclercq-, significa “adherirse íntimamente a la frase que se recita y pesar todas sus palabras para alcanzar la plenitud de su sentido”; significa “asimilar el contenido de un texto por medio de una cierta masticación que le extrae todo su sabor”; significa saborearlo con el “paladar del corazón”

(Tomado de: La Lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina. G. M. Colombas. Edic. Monte Cansino)