La palabra rûaj

Gonzalo Flor Serrano

Esta palabra hebrea tiene muchas significaciones: soplo, viento, aliento (como en griego pneuma y en latín spiritus). “Seguramente en su origen el término significaba el aire, la atmósfera…, elemento misterioso, invisible y, con todo, indispensable para la vida. Realidad impalpable, pero que a veces se impone con la fuerza de la tempestad; realidad cósmica de la cual depende el hombre y que éste jamás puede dirigir a su antojo. Es decir, una fuerza vital en el universo, dependiente de Dios, su creador” (DEB). Es fuerza vital (el aliento, la respiración, el soplo vital, es la señal de la vida), y además tiene que ver con los movimientos del alma: con el ánimo, con la ira, con la tristeza, etc.: “perder el ánimo”, “estar con la respiración agitada”, “quedarse sin respiro”; por eso es sede del sentimiento, del pensamiento, de la voluntad, lo mismo que el corazón o el alma.

Cuando se dice de Dios, el “espíritu” o “aliento” de Dios es, como lo son su mano, su rostro, sus narices, su boca, instrumento de la acción de Dios, es decir, Dios mismo actuando. Actúa, impulsa, invade a los hombres para la salvación del pueblo, hace hablar a los profetas, es fuerza vital y creadora, y revitalizará al pueblo cuando Dios lo derrame sobre él.

El Nuevo Testamento considera que esa gran efusión del Espíritu de Dios (que es la fuerza de Dios que va tomando carácter cada vez más personal) ya se ha producido: primero en Jesús –nacido del Espíritu, guiado por el Espíritu, invadido y ungido por el Espíritu, dador del Espíritu-, y por él en el nuevo pueblo de Dios y en cada uno de sus miembros, lo que se refleja fundamentalmente en Pentecostés.

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