La lectura de Dios

La Biblia lugar de encuentro con Dios

“Si fuera yo quien tuviera que determinar dónde hallar a Dios, encontraría siempre a un Dios que está de acuerdo con mi manera de ser. Pero si es Dios quien establece el lugar de encuentro, en tal caso no será un lugar para halagar a la humana naturaleza, un lugar conforme a mi gusto. Este lugar es la cruz de Cristo, y todo aquel que quiera hallarlo debe acudir al pie de la cruz, como lo exige el Sermón de la Montaña. Esto no complace en nada a nuestra naturaleza, sino que le es enteramente contrario. Pero tal es el mensaje bíblico, no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo.

Y quisiera haceros una confidencia personal: desde que considero la Biblia como el lugar de encuentro con Dios, ‘el lugar que Dios me ofrece para encontrarlo’, todos los días voy de maravilla en maravilla. La leo mañana y tarde, y con frecuencia, a lo largo del día, medito un texto que he escogido para la semana y procuro sumergirme en él profundamente para poder entender de verdad lo que en él nos dice. Estoy convencido de que sin esto no podría vivir verdaderamente y ciertamente ya no podría creer”.

(D. Bonhoffer. Vida en comunidad. Pág 40)

*  Estas entradas, que publicamos periódicamente, proceden de la obra de García M. Colombas, osb.  Editorial Monte Casino. Zamora:

La Lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina.

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Amor a la Palabra de Dios

“Es obra del Espíritu Santo”

La lectio del Evangelio durante un tiempo cada día me va dando a entender el corazón de Dios, como el Padre de Jesús. Y así recibo el amor de Dios a la Palabra.  Yo antes leía la Biblia solo con la cabeza: para estudiar, para apoyar en su enseñanza la revelación de Dios, para afianzar los principios de la fe… Pero a partir de unos sucesos fuertes en la vida, empecé a descubrir como un regalo la presencia de quien habla queriéndote a través de las palabras. Es otra dimensión, es una especie de compañía amorosa que te va enseñando a  vivir y caminar, pero como hacen las madres. En la lectura orante y creyente veo la mano del Espíritu Santo que da chispa a la literatura y sentidos de las palabras, para que enciendan en el corazón la voluntad de Dios. Para mí el amor a la Palabra es obra del Espíritu Santo. Manolo M.

“Un apasionado de la Palabra”

Yo recibí “una formación” y una “catequesis” más bien complicadas sobre la Biblia. Eran otros tiempos: se conocía poco, no estaba tan cercana en la Iglesia como ahora… En realidad estaba casi prohibido y mal visto leerla. Casi nadie tenía una…  Yo conocí la Biblia a través de un familiar que era protestante. Y el amor a la Palabra de Dios me lo transmitió el párroco del pueblo en el que estuve cinco años de profesor. Este hombre era un apasionado de la Palabra y un magnifico comunicador. Era un santo: vivía y sentía un amor muy grande al Señor. A mí –y a mucha gente en el pueblo- me dejó dentro la semilla de que leer el Evangelio es alimento. Y al cabo de quince años todavía me acerco hoy  a la mesa con ganas de comer. Y es que es verdad.  El día que me falta lo noto. La vida de Jesús me da salud y me da vida, porque vivir hacía los demás ha sido mi salvación. Trabajar en la enseñanza está cada día más duro, pero con la luz del Evangelio y la ayuda del Señor, me acuesto muchas noches dando gracias al Señor por su amor y su bondad. Jacinto P.

La palabra rûaj

Gonzalo Flor Serrano

Esta palabra hebrea tiene muchas significaciones: soplo, viento, aliento (como en griego pneuma y en latín spiritus). “Seguramente en su origen el término significaba el aire, la atmósfera…, elemento misterioso, invisible y, con todo, indispensable para la vida. Realidad impalpable, pero que a veces se impone con la fuerza de la tempestad; realidad cósmica de la cual depende el hombre y que éste jamás puede dirigir a su antojo. Es decir, una fuerza vital en el universo, dependiente de Dios, su creador” (DEB). Es fuerza vital (el aliento, la respiración, el soplo vital, es la señal de la vida), y además tiene que ver con los movimientos del alma: con el ánimo, con la ira, con la tristeza, etc.: “perder el ánimo”, “estar con la respiración agitada”, “quedarse sin respiro”; por eso es sede del sentimiento, del pensamiento, de la voluntad, lo mismo que el corazón o el alma.

Cuando se dice de Dios, el “espíritu” o “aliento” de Dios es, como lo son su mano, su rostro, sus narices, su boca, instrumento de la acción de Dios, es decir, Dios mismo actuando. Actúa, impulsa, invade a los hombres para la salvación del pueblo, hace hablar a los profetas, es fuerza vital y creadora, y revitalizará al pueblo cuando Dios lo derrame sobre él.

El Nuevo Testamento considera que esa gran efusión del Espíritu de Dios (que es la fuerza de Dios que va tomando carácter cada vez más personal) ya se ha producido: primero en Jesús –nacido del Espíritu, guiado por el Espíritu, invadido y ungido por el Espíritu, dador del Espíritu-, y por él en el nuevo pueblo de Dios y en cada uno de sus miembros, lo que se refleja fundamentalmente en Pentecostés.

El deseo de Dios que invita al deseo de Él

Para mí el amor a la Palabra es narrar la historia de salvación que hace Dios conmigo, que para acercarme a Él y mostrarme a Jesucristo, como el Señor, me abrió el corazón a la Palabra. Me hizo este gran regalo, este don, y desde entonces, hace ya algunos lustros, no me ha abandonado su amor. Es la Palabra la que ama y acogerla es dejarse amar. El Señor tuvo a bien llevarme por este camino, que poco a poco ha ido suscitando en mí una respuesta, pobre, sencilla y humilde, dócil y libre a sus designios de salvación.

Es gustar “cuan bueno y suave es el Señor”, que ha ido sembrando en mi pobre tierra, unas veces camino, otras piedra, otras espino…, su Palabra y con su amor misericordioso la ha ido labrando para que dé fruto y pueda entrar en la obediencia de la fe.

Es una relación de amor, un diálogo de enamorados: “hazme oír tu voz”, leemos en el Cantar. Un diálogo, muy desigual, pero querido por Él: el deseo de Dios que invita al deseo de Él y lo acrecienta cada vez.  De esta manera vamos caminando en fidelidad, la suya siempre fiel, la mía débil, pero sostenida por su amor.

El amor a Jesucristo y su centralidad en mi vida, se va consolidando en la medida en que la Palabra se va haciendo vida en mí. La Palabra me va configurando con Jesucristo y su amor gratuito, hace que en ella encuentre la fuerza en el seguimiento, la alegría y la paz.

La Palabra me ha hecho comprender, que en los pobres y sencillos se complace Dios, por eso como a María me invita a poner la vida al servicio de los hermanos.

Ante tanto derroche de amor, el Espíritu Santo permite que  vaya soltando amarras y en respuesta agradecida ya no tenga más anhelo que dejarme guiar por la Palabra, Jesucristo, el Señor Resucitado y entonar un canto de alabanza.

Sor Esperanza M.

 

Mensaje para la lectio divina (3): Espera y confía cantando

El Espíritu Santo, el Señor y dador de vida, es quien nos hace vivir en el Amor de Dios, quien nos da sus dones, quien lleva la iniciativa, quien nos hace sentir que Él nos amó primero, quien nos lleva de la mano, quien nos va explicando el camino a través de las personas, con palabras humanas, con parábolas de las cosas que vivimos cada día y según cada uno va comprendiendo.

La vida de Dios-con-nosotros no es cuestión de ideas, sino de amor: de luz y calor en el corazón. Jesús no es un libro que enseña y te habla, es el Hijo Amado del Padre, la prueba de que te ama incondicionalmente y con locura. 

Cuando te duela la vida y no comprendas lo que pasa, cuéntale todo con mucho amor a tu Padre del cielo y espera sin dudar que te responda. Espera cantando bajito esta canción al oído del Señor, y ya verás lo que pasa: “Tú palabra me da vida, confío en Tí, Señor. Tu Palabra es eterna en ella esperaré”.

Joaquín E. Urbano