Encuentro…

Apuntes para lectiocaminantes

56.- ENCUENTRO: “Lectio no significa leer para enriquecer la propia sabiduría, para recibir información, sino que se trata de un encuentro con Dios, que se dirige a nosotros a través de la palabra. En la palabra nace una imagen de quien habla y es una imagen muy personal. En la palabra percibimos algo de la unicidad y de la esencia intima de Dios, que, en la Escritura, nos encuentra como aquel que nos abre su corazón. En el encuentro con Dios me encuentro a mí mismo de una forma nueva”.

“La oración como encuentro”. Anselm Grüm. Edit. Narcea. Pág 76

Piedad objetiva…

Apuntes de lectiocaminantes

55.- PIEDAD OBJETIVA: La lectio divina, además, confiere a la piedad un carácter objetivo. Lejos de basarla en imaginaciones y sentimentalismos inconsistentes, la edifica sobre hechos, modelos y misterios reales con que el cristiano procura identificarse. La centra en Dios, o más exactamente, en Cristo y en la Santísima Trinidad. Iñaki Aranguren, con estilo incisivo, ha escrito que sin la lectio divina en el sentido más propio de la expresión -lectura de la Palabra de Dios contenida en la Escritura “la oración contemplativa caería en el nihilismo, en el más calenturiento subjetivismo o en la sensiblería más patológica”.

“La lectura de Dios”. Aproximación a la lectio divina. García M. Colombrás. Edit. Monte Casino. Pág. 90

Leer muy despacio…

Reportajes de lectio divina Según tu Palabra. Joaquín E. Urbano

Hoy ha sido muy edificante echar un buen rato por teléfono y entrar en la vida de oración de Cecilia. Una mujer encantadora que en pocos días va a cumplir 90 años. Lleva tiempo viuda de un buen hombre con quien fue muy feliz. Tuvieron dos hijos y ya son cuatro los bisnietos.

Dice Cecilia que sus hijos le dicen que tiene la cabeza muy bien “amueblada”. No le gusta mucho esta expresión y coincidimos en que más bien quieren decir que vive con mucha sabiduría. Ella añade que es su forma de ser y que todo se lo debe a Dios. Por su edad, vive despacio, anda despacio, lleva bastón y habla despacio y dejando hablar. Se explica de maravillas. Es una gran conversadora.

Cecilia es creyente desde joven y vive dando importancia a la vida de oración. Conoció la lectio divina a partir de la revista Según tu Palabra. Se suscribió en un grupo parroquial de Acción Católica el año que empezaba. Pero, en realidad, empezó a practicar la lectio a fondo en las reuniones semanales en un monasterio de monjas jerónimas. En este grupo la Palabra de Dios le tocó el corazón. Cuenta que allí se aprendía mucho y había un buen ambiente de oración. Participaban varias monjas y muchos seglares. Recuerda con admiración y alegría aquellas experiencias y encuentros durante varios años.

Cuando se le pregunta por su práctica personal de la lectio, cuenta que hace la lectura del Evangelio de cada día. Lo hace como vive: muy despacito y apoyándose en los pasos de la revista. Dice que necesita una guía y un apoyo como el bastón para andar. Y añade que así no se le va el santo al cielo, que los pasos ayudan a no enredarse en fantasías y distracciones de una misma que alejan al Señor. Cuando cuenta como hace los pasos se nota que conoce el camino y que vive lo que dice. Da mucho espacio a invocar al Espíritu Santo al empezar. Habla de leer sacando jugo a los textos. Le gusta mucho rumiar frases que llaman su atención. Le hace gracia esta palabra de la digestión de animales. Como pasa mucho tiempo sola y haciendo punto, con frecuencia le vienen a la cabeza frases y dichos de Jesús en las lecturas. La oración no la termina con la lectio. Vive la misa por televisión y suele rezar el Rosario. Y habla mucho con Jesús durante el día, porque sus familiares y amigos le piden frecuentemente que ore por ellos. Se admira de que tantos no creyentes y alejados le pidan tanto que ore por ellos. 

Contando cosas del paso vivir la Palabra, le sale un suspiro de dentro y dice Ay desde el alma. Habla de la cruz y el sufrimiento. Se le quiebra la voz contando lo que duelen por dentro las cosas de los hijos. Son cosas menudas, íntimas, casi insignificantes, pero que pinchan como alfileres. La peor soledad es la que se vive en compañía de gente que dice mucho que te quiere. Hay cosas de sentirse un estorbo que es mejor no contarlas. Dice que se quedan para el Señor y para ella sola. Y que si no fuera por la fe y la presencia de Dios en el corazón todo sería un camino de locos sin sentido… 

Terminamos celebrando que es verdad que hay mucho consuelo y sabiduría en la oración de la vida de Jesús.  Terminamos compartiendo que hay mucha luz de su resurrección en las cosas que pasan cada día. Terminamos celebrando la amistad que nos une y el regalo tan grande de la Palabra de Dios que compartimos.                 

Ruminatio…

Ermita Virtual. Facebook

…Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo y volver a hacer marchar los versículos quicios y paralíticos con el ritmo de mi corazón. León Felipe

Rumia las Escrituras, saborea por un momento el dulce vino de la contemplación. ¡Ojalá Dios nos envíe también ahora su Palabra y ablande con ella nuestro corazón! Que sople con fuerza su espíritu y nos haga inteligibles sus palabras: que sean para nosotros más preciosas que el oro fino, más dulces que la miel de un panal que destila.  Todas las palabras van cargadas de sublimes misterios y cada una destila su celestial dulzura para quien las desmenuza atentamente, sabiendo sacar miel de las piedras y aceite de la durísima roca del pedernal.

Guarda así la Palabra de Dios… Métela en las entrañas de tu alma; que la asimilen tus afectos y tus costumbres. Come a gusto, y tu alma saboreará manjares sustanciosos…Si guardas así la Palabra de Dios, ella te guardará a ti sin duda alguna. El Hijo vendrá…

La palabra divina es un agua de sabiduría que salva, apaga la sed, y además lava… cuece también los pensamientos más crudos de la carne, cuando se ponen al fuego del Espíritu Santo. Los convierte en sentimientos espirituales y en manjar del corazón… San Bernardo de Claraval

Cada palabra divina, en la boca, sabe a eso: a su Amor. ¿Saben entonces todas a lo mismo? ¿Es un texto mántrico homogéneo? No. De ninguna manera. Pues este Amor es tan inmenso, tan infinito, que no alcanzarían todas las bibliotecas del mundo para seguir sumando modos alternativos y complementarios con que el Señor podría seguir diciendo, de un modo diferente y novedoso: “te amo”.………….

Cada Palabra puesta con suavidad en la boca es un bocado de esta Luz, Werner. Se trata de la Luz de la Vida, como dice san Juan… Disculpe que en este asunto el lenguaje se torne tan delgado para expresar…

¿Qué hacer, concretamente, con esta palabra paladeada? Dejarla allí, rumiarla sin mucha violencia, despacio… ¿Sabes qué pasa, querido Werner, cuando haces eso? (Y paso a tutearte pues estas cosas no cabe ya compartirlas desde la distancia del Usted): ocurre entonces que esa simple expresión evangélica empieza a levantar temperatura en la boca… hasta tornarse una brasa, un ascua de fuego, que no lastima… o sí, pero con infinita delicadeza. Es la Luz misma hecha Vida. O la Vida divina hecha lumbre… Y cobra mil sabores al paladar: sabe al beso tiernísimo de un niño; sabe a agua fresca y cristalina, sabe a sangre, Werner, sí, a espesa sangre, no te asustes… Sabe a lluvia fina, a magnolia, a bruma de aurora, al viento atravesando casuarinas…

Y ocurre entonces lo único medianamente previsible en medio de esta locura de sorpresas: esta palabra, este “te amo”, dicho en el registro que fuere, enamora. ¿Cómo evitarlo? Su amor enamora, Werner. No hay mucho más secreto en todo lo que dos mil años de cristianismo han intentado balbucear: su Amor (personal, directo, intransferible) nos enamora de Él. Tras esa experiencia (simple, cotidiana) se abre el ya mentado entre nosotros “haz lo que quieras”. Yo diría Werner —si san Agustín no se molesta— que el aforismo rector de la vida cristiana debería ser: “Sábete amado por Él y haz lo que quieras”. Pues esta vivencia del enamoramiento nos torna livianos y ágiles y presurosos al amor y al derrame sin límites de la existencia para fuera de uno. ………….

Uno se instala en un adverbio o en un adjetivo y no quiere ya más nada; al menos no quiere salirse de allí, de ese Tabor. Y suplica, con Pedro, poder permanecer allí, demorado, morando… El Amor no sólo “nunca pasará”, sino que no quiere pasar, se resiste a pasar. Clama por permanecer. Y por debajo de ese permanecer (según indicaría la etimología griega) subyace el padecer, la genuina paciencia que es más, mucho más, que el mero aguante.

Y surge entonces un rasgo de esta Palabra, Werner, que no me atrevo a explicar demasiado pero que no puedo dejar de lado. Ya dije que la Palabra sabe a Sangre… pues eso. Hay un valor y sabor sacrificial en toda palabra que sale de la Boca de Dios. Y eso se percibe, se escucha, se recibe… Cada palabra de la Escritura es atravesada por la Lanza, y de su costado (no su centro, Werner: siempre de su Costado) mana sangre y agua. No me pidas que lo explique mejor pues no sabría… No sólo mana, sino que genera una cavidad que vuelve a ser acceso a mayor hondura. Pero recuerda siempre: no busques esa hendidura, ese tajo, en el centro, sino en un lateral del Texto. Permite que el Centurión clave su lanza en el divino Costado de una omega o una alfa… y verás cómo brota un torrente de Luz increada.……

En la quietud de ese “estar por estar” acontecen, paradójicamente, muchas cosas. Pues esa Palabra amante y amada continúa destilando su secreto néctar, su rocío de miel, su fuego silencioso. Es una Palabra creadora que no da consignas, sino que las ejecuta, por decirlo de algún modo. Hace lo que dice. Es un cauterio suave; es una melodía que hechiza, enajena, como el encantador de serpientes domestica al animal maldito… y así, si bien florece porque florece, su fruto es inexorable.…..

Hans Am Ende. Cinco cartas de oración. Carta 4.

Sobre la lectio divina…

Madre Christine Aptel. Monja trapensse Abadía de Notre Dame de Saint Joseph en Ubexy,

“Como su nombre indica, la lectio divina es una lectura en la que Dios tiene algo que decir, o más exactamente que hacer, pero no sin nosotros. En efecto, Dios está en el origen, en el corazón y al término de nuestra lectio:

Dios está al origen de nuestra lectio: atrayéndonos en ella hacia su palabra, él hace nacer en nuestros corazones la esperanza. Dios está en el corazón de nuestra lectio: revelándonos en ella a Cristo en el Espíritu, él hace crecer nuestras vidas en la fe. Dios está al término de nuestra lectio: uniéndonos por ella a él por el acuerdo de nuestra voluntad a la suya, él consuma nuestro ser en el amor.

Al final de esta reflexión vuelvo a san Agustín; él escuchó un día cantar en una casa vecina: “¡Toma, lee! ¡Toma, lee!”. Y comenta: “Has llamado, has gritado, has roto mi sordera. Has relampagueado, has resplandecido, has disipado mi ceguera. Has exhalado perfume, lo respiré anhelando por ti. He gustado y tengo hambre y tengo sed. Me has tocado y me inflamé en deseos de tu paz.” (ConfesionesX, XXVII, 38) “Cuando me haya adherido a ti con todo mi ser, en ningún sitio habrá para mí dolor y trabajo, y mi vida estará viva, toda llena de ti” (Confesiones X, XXVIII, 39)”

Lectio con actos de fe

Reportajes de lectio divina Según tu Palabra

Las Comendadoras del Espíritu Santo del Puerto de Santa María son monjas contemplativas con un carisma particular que les permite practicar la misericordia desde su clausura a través del torno, viendo en los pobres que a él llegan el rostro de Cristo, Carisma heredado de su Padre Fundador el Bto. Guido de Montpellier.

Este Monasterio es el más antiguo del Pto. De Santa María, fundado en el año 1400, perteneciente a la Orden Sancti Espíritus fundada en el siglo XII. Desde siempre sus constituciones aconsejan la práctica de la Lectio Divina. La madre Maestra que nos atiende es Maestra de novicias. Durante la conversación deja ver una facilidad para hablar de la lectio que cautiva. Son dieciocho hermanas en la comunidad y dedican la tarde completa de los miércoles a poner atención del corazón a la Palabra de Dios.

Al pedirle que cuenten algo sobre su práctica de la lectio, responde que siempre comienzan la lectura invocando al Espíritu Santo con el “Veni Creator” y que ahí empieza la apertura y entrega a la voluntad de Dios. Empezar con humildad y siendo realmente una misma abre todas las puertas de lo bueno que es el Señor.

Dice también la Hermana que la lectio requiere una limpia actitud de fe. Que es imprescindible creer de verdad que el Señor nos habla en la lectura de las palabras humanas de la Escritura Santa. Se trata de leer haciendo muchos pequeños y voluntarios actos de fe en la presencia de Dios. Dice, que a más actos de fe más dones del Espíritu. Y que, a más dones, más actos de fe. Así se entra en una espiral interior muy parecida a los momentos de intimidad que se viven después de recibir al Señor en la Eucaristía.

Sube la entonación de sus palabras para resaltar la importancia de dejar en la puerta la bolsa de las preocupaciones y ruidos que descentran la atención a lo que se va a hacer. Lo de “la bolsa” lo refiere de maravillas enumerando egocentrismos que funcionan como distracciones y pensamientos inútiles que apartan de la escucha del Señor.

Sacamos en la conversación la importancia de rumiar en silencio palabras y frases del texto. Dice que, a más dificultad para la comprensión y dureza de un texto, más calma hay que poner en su lectura y repetir más tiempo. Así llega la luz que necesita nuestra mentalidad racional y visión egoísta de las cosas. El silencio es lo que más facilita la interiorización de la lectura. El silencio hace de luz para estar con el Señor, para dejarnos llevar por su Espíritu y querer lo que Dios quiere.

Se nota que esta Madre Maestra sabe enseñar los caminos del Señor. Habla de la lectio dando ganas de hacerla. Dice, poniendo dulzura en lo que dice, que no hay lecciones de la lectio. Que las heridas interiores no se curan con argumentos, sino con cariño y misericordia. Que el camino de la cabeza al corazón, y desde aquí a las cosas de cada día es esencial en el camino de los pasos de la lectio divina… Esta hermana dice cosas preciosas de la vida del Dios con nosotros. Dice cosas muy vividas en su corazón.

Para terminar, pone el dedo en la llaga de muchos cristianos, cuando dice que vivimos con el Señor en claves de intelectualidad y de uno mismo, más que por los caminos del Espíritu que habita en nuestro interior. La lectio no es un comentario de texto, sino más bien la lectura divina de un texto para encontrarnos con los planes del amor de Dios en nuestra vida. Quedamos en seguir otro día y está claro que lo haremos. Estas hermanas reciben desde hace años “Según tu Palabra” y nos alegra el uso que hacen de ella. Terminamos reconociendo que merece la pena compartir para aprender unos de otros. Agradecemos a la Madre Maestra Hna. Rocío su acogida y enviamos un abrazo a toda la Comunidad. Nos pasan su página web por si queremos visitarla: http://www.monasteriodelespiritusanto.com

Una vida de oración

Apuntes de lectiocaminantes

54.- UNA VIDA DE ORACIÓN: La “lectura divina” favorece y vivifica la vida de oración. Los monjes antiguos la apreciaban en primer lugar como una disciplina para concentrar sus pensamientos, impidiendo el vagabundeo del espíritu. Además, procura la paz, la serenidad, la consolación, sin las cuales la vida de oración carece de asiento. La interpretación de las cosas visibles e invisibles, de la vida y de la historia humana, “desde el punto de vista de Dios”, que procura la lectura de la Biblia; el conocimiento del designio de Dios sobre la humanidad y sobre cada uno de los hombres, designio que consiste en el deseo de comunicarse al hombre, unirse a él, prolongar hasta él la comunión de vida que constituye el misterio íntimo de Dios, produce en el alma una gran paz.

El lector creyente y asiduo de las Escrituras sabe, con certeza inquebrantable, que alguien piensa en él, que alguien sale a su encuentro, que alguien está con él. Su alma se siente fortalecida como con la presencia de un Amigo. Todo esto, claro es, fomenta una vida de unión consciente, intensa, con Dios.”

“La lectura de Dios”. Aproximación a la lectio divina. García M. Colombás.  Edit. Monte Casino. Pág 90-91

Propósito de la lectura

“He leído muchos libros, pero me he olvidado de la mayoría. Entonces, ¿cuál es el propósito de la lectura? ” Esta fue la pregunta que un alumno le hizo una vez a su Maestro.

El Maestro no respondió en ese momento. Sin embargo, después de unos días, mientras él y el joven alumno estaban sentados cerca de un río, dijo que tenía sed y le pidió al joven que le trajera un poco de agua con un colador viejo y sucio que había en el suelo. El alumno se sobresaltó, porque sabía que era un pedido sin lógica.

Sin embargo, no pudo contradecir a su Maestro y, habiendo tomado el cedazo, comenzó a realizar esta absurda tarea. Cada vez que sumergía el colador en el río para traer un poco de agua para llevar a su Maestro, ni siquiera podía dar un paso hacia él, ya que no quedaba ni una gota en el colador. Lo intentó y lo intentó decenas de veces, pero, por mucho que trató de correr más rápido desde la orilla hasta su Maestro, el agua siguió pasando por todos los agujeros del tamiz y se perdió en el camino. Agotado, se sentó junto al Maestro y dijo: “No puedo conseguir agua con ese colador.

Perdóname Maestro, es imposible y he fallado en mi tarea”. “No – respondió el anciano sonriendo – no has fallado. Mira el colador, ahora brilla, está limpio, está como nuevo. El agua, que se filtra por sus agujeros, la ha limpiado “.

“Cuando lees libros – prosiguió el viejo Maestro – eres como un colador y ellos son como agua de río. No importa si no puedes guardar en tu memoria toda el agua que dejan fluir en ti, porque los libros, sin embargo, con sus ideas, emociones, sentimientos, conocimientos, la verdad que encontrarás entre sus páginas, limpiarán tu mente y espíritu, y te convertirán en una persona mejor y renovada. Este es el propósito de la lectura.”

(Entrada en el grupo de facebook)

“Para hacer la experiencia de Dios”

“Un apotegma de los Padres… “Un anciano ermitaño, hombre entregado a la contemplación y a la oración con la Biblia, recibió un día, en el recinto donde vivía en soledad, la visita de un joven deseoso de encontrar el sentido de la vida y hallar la paz. El joven quedó tan bien impresionado por la conversación que mantuvo con el santo monje que, al final del encuentro, le pidió el privilegio de permanecer con él como discípulo. El ermitaño, que no había permitido a nadie quedarse con él como compañero y discípulo, le preguntó el motivo de tal deseo. El joven le respondió enseguida: “Porque quiero aprender a orar con la Biblia”. El ermitaño insistió: “¿Pero por qué quieres aprender a orar con la Biblia?”. Y obtuvo esta respuesta del joven: “¡Porque es la ciencia más elevada que existe!”. Y le respondió el monje: “¡Me gustaría mucho tenerte conmigo, pero no puedo!”. Entonces el joven se volvió a su casa. Pasaron algunos años y el joven volvió a visitar al anciano monje por segunda vez.

Al final de la visita, le pidió de nuevo quedarse con él como discípulo para conocer las santas Escrituras y aprender a orar. Pero el monje le repitió la pregunta: “¿Por qué quieres conocer la Biblia y orar con ella?”. Y el joven le respondió: “¡Porque quiero llegar a ser santo!”. El ermitaño le respondió: “Me gustaría mucho tenerte conmigo, pero no puedo”. El aspirante a discípulo tuvo que volverse de nuevo a su casa, decepcionado y triste por no haber podido alcanzar su ideal de vida.

Transcurrió de nuevo cierto tiempo. El pensamiento del joven permanecía siempre fijado en el lugar donde había experimentado una profunda paz en contacto con el hombre de Dios. Después de haber reflexionado mucho, decidió visitar de nuevo al ermitaño. Le encontró en oración con la Biblia entre las manos. Pasaron el día juntos, orando con la Palabra de Dios, y, al final, el joven renovó la petición de quedarse junto al monje, a fin de consagrarse al Señor y de este modo conocer las santas Escrituras y aprender a orar. El ermitaño le preguntó de nuevo: “¿Por qué quieres orar con la Biblia?”. Y el joven, seguro, le respondió: “Quiero orar con la Biblia para hacer la experiencia de Dios”. Los ojos del santo monje se iluminaron de alegría y, abrazando al joven, permitió que éste se quedara en la ermita como discípulo suyo.

(Los Apotegmas (del griego aphopthegma, que significa dicho breve o feliz) fueron recopilados en colecciones a finales del s. V. En ellos se muestran frases (logoi) y anécdotas (erga) de los ermitaños y monjes del desierto egipcio. Este apotegma de los Padres del desierto1 subraya bastante bien la finalidad de la lectio divina. No es adquirir una ciencia humana o incluso teológica, o formular vagos ideales de santidad, sino realizar, con la Palabra, una experiencia de Dios personal y profunda. La lectio introduce a todo creyente en un auténtico camino de espiritualidad cristiana, que lleva a la comunión con Dios y con los hermanos. Sólo quien llega a esa experiencia de Dios, orando con la Palabra, estará en condiciones de adquirir la verdadera sabiduría.)

Hacer la Palabra

Llegamos así a la tercera fase del camino, propuesto por el apóstol Santiago 1, 18-25: “Sean de aquellos que ponen en práctica la palabra…, quien la pone el práctica encontrará su felicidad en el practicarla… Si uno escucha solamente y no pone en práctica la palabra, se asemeja a un hombre que observa el propio rostro en un espejo: apenas se siente observado se va, y enseguida se olvida cómo era”.
Esta es también la cosa que más le agrada a Jesús: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8, 21). Sin este “hacer la Palabra” todo el resto acaba siendo una ilusión, una construcción en la arena (Mt 7, 26). No se puede ni siquiera decir de haber entendido la Palabra porque, como escribe san Gregorio Magno, la palabra de Dios se entiende verdaderamente solamente cuando se comienza a practicarla.
Esta tercera etapa consiste en obedecer a la Palabra. Las palabras de Dios, bajo la acción actual del Espíritu, se vuelven expresión de la voluntad viviente de Dios hacia mí, en un determinado momento. Si escuchamos con atención, nos daremos cuenta con sorpresa que no hay un día en el que, en la liturgia, en la recitación de un salmo, o en otros momentos, no descubramos una palabra de la cual debemos decir: “¡Esto es para mí!, ¡esto es lo que hoy tengo que hacer!”.
La obediencia a la palabra de Dios es la obediencia que podemos hacer siempre. De tener que obedecer a órdenes y a autoridades visibles, solo pasa a veces, tres o cuatro veces en la vida, se si trata de obediencias serias; pero obediencia a la palabra de Dios puede haber una en cada momento. Y también es la obediencia que podemos hacer todos, súbditos y superiores. San Ignacio de Antioquía daba este maravilloso consejo a un colega suyo del episcopado: “Nada se haga sin tu consenso, pero tú no hagas nada sin el consenso de Dios”.

Obedecer a la palabra de Dios significa, en realidad, seguir las buenas inspiraciones. Nuestro progreso espiritual depende en gran parte de nuestra sensibilidad a las buenas inspiraciones y a la rapidez con la que respondemos. Una palabra de Dios te ha sugerido un propósito, te ha puesto en el corazón el deseo de una buena confesión, de una reconciliación, de un acto de caridad; te invita a interrumpir un momento el trabajo y a dirigir a Dios un acto de amor. No pongas excusas, no dejes que pase. “Timeo Iesum transeuntem”, decía el mismo san Agustín ; o sea decir: “Tengo miedo de la buena inspiración que pasa y que no vuelve”.

Terminamos con el pensamiento de un antiguo Padre del desierto. Nuestra mente decía, es como un molino, este continúa a moler durante todo el día el primer grano que se pone en él. Apurémonos por lo tanto a poner en este molino, desde la mañana temprano, el buen grano de la palabra de Dios; de no hacerlo, viene el demonio y pone en él la cizaña”.

( Fuente: Segunda predicación de Cuaresma 2016.- P. Cantalamessa “Acoged la palabra sembrada en vosotros: una reflexión sobre la Constitución Dogmática Dei Verbum”).