Cosas de lectiocaminantes

36.- Lectura intima: “La “lectura divina” apunta no tanto a obtener un conocimiento tan exhaustivo como sea posible de la verdad -tarea propia de la teología especulativa-, como a llegar a un contacto directo con Dios, a un estar con Dios, a un escuchar a Dios que habla personalmente, aquí y ahora, a cada uno de los hombres que abre con fe las Escrituras.

(La Lectura de Dios. G. M. Colombas. Edic. Monte Casino)

Cosas de lectiocaminantes

35.- SABOREAR MAS QUE SABER: La “lectura de Dios”-no se insistirá nunca bastante en ello-es una lectura gustosa y gustada, paladeada. Es saborear al Verbo, saborear a Dios, en el Espíritu Santo, que vivifica la letra y suscita en el lector un gusto secreto para que se ponga en armonía con lo leído y responda con su oración y toda su vida a la Palabra del Padre. Es una experiencia de Dios, pues en ella se verifica una comunicación de vida, una participación, una comunión.

(La Lectura de Dios. G. M. Colombas. Edic. Monte Casino)

Cosas de lectiocaminantes

34.- MEDITACION: “Un pasaje de la Vita de Juan Colobos (siglo V) viene a equiparar la meditación con una  rumia animal consciente: ‘Ante todo, se dio de corazón a la meditación de las Escrituras inspiradas por Dios, rumiándolas de memoria en na oración continua, como una oveja dotada de inteligencia’.

Este texto muestra cómo de la misma manera que lectio y meditatio son intercambiables por tratarse en ambos casos de una recitación oral de textos, igual ocurre con la meditación y la oración. Sobre todo cuando se mascullan salmos y otros textos oracionales, la meditación viene a ser una especie de oración vocal hecha con la Escritura: una palabra dirigida a Dios con la misma Palabra de Dios. Si se trata de otros textos, la meditación, además, forma la conciencia y crea hábitos mentales y existenciales conformes con la Palabra”.

 (La lectio divina ayer y hoy. Antonio Mª Martín. Edit. Verbo Divino)

 

Cosas de lectiocaminantes

33.- ORACIÓN DEL CORAZÓN: “Los labios indican la recitación oral, el corazón, la dimensión de interioridad. Recitar uniendo cabeza y corazón, mente externa y mente interna, es el método de la lectio divina indocta, esbozo de lo que más tarde se llamará oración del corazón. Esta no es sino la última estilización de la antigua meditación monástica.  (…) Los propagadores de este método hablan continuamente de encerrar la mente, o la razón, en el corazón, de hacer descender el entendimiento al corazón, fijar o encerrar la atención en las palabras qaue se pronuncian como camino a la oración interior o sin distracción, que es ya pura y sin palabras. ‘La oración interior –escribe un autor ruso del siglo XIX- consiste en permanecer ante Dios con el entendimiento en el corazón’”.

 (La lectio divina ayer y hoy. Antonio Mª Martín. Edit. Verbo Divino)

Cosas de lectiocaminantes

32.- CORAZÓN: “En el lenguaje bíblico corazón no se refiere a la afectividad superficial, sino a la interioridad, a la conciencia profunda de la persona. Sin duda, es el lugar del amor y la intención, más por eso mismo también de la voluntad y la libertad. En ese secreto centro interior, el hombre se relaciona con Dios o lo rechaza, se ablanda o se endurece: ‘Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestros corazones’ (Sal 95,7-8). Cuando el corazón se endurece, se vuelve opaco y oscuro, se entenebrece (Rom 1,21) y se convierte en una imagen del infierno. Pero si se abre a la Palabra, sus ojos se abren (cf. Ef 1,18) y el alma es iluminada, como se dice de aquella mujer de Filipos, llamada Lidia, cundo se abrió a l predicación de san Pablo: ‘El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo (Hch 16,14).  (….) Si la Palabra no pasa por el corazón, no será acogida, por mucho que pase por los labios y sea automáticamente recitada”.

 (La lectio divina ayer y hoy. Antonio Mª Martín. Edit. Verbo Divino)

La entronizacion del Evangelio

La entronización del Evangelio

En los días del Concilio Vaticano II, cada mañana tenía lugar en la basilica de San Pedro la “entronización del Evangelio”. No siempre se ha comprendido este rito. Muchos vieron en él simplemente el homenaje que la Iglesia quería tributar a la Biblia. Pro tal interpretación resulta incompleta porque no capta el verdadero sentido del rito.

El libro el Evangelio, tras ser llevado en procesión, no se colocaba sobre un púlpito, sino sobre un trono, pues representaba a Cristo mismo en persona. No se puede resumir la doctrina perenne de la Iglesia de un modo más expresivo. El corazón palpitante de su fe, que ha encontrado nuevo vigor y late con más vigor, según declara la Constitución Dei Verbum (nº 2):

“La profunda verdad sobre Dios y sobre la salvación de los hombres, por medio de esta revelación, resplandece ante nosotros en Cristo, quien es, a la vez, mediador y plenitud de toda revelación”.

(Leer la Biblia como Palabra de Dios. Francisco Contreras. Edit. Verbo Divino.)

¿Cuándo entiendo verdaderamente la Palabra de Dios?

 

¿Cuándo leo un autorizado comentario, que me hace comprender enigmas hasta ahora indescifrables? De ninguna manera.

¿Cuándo experimento una fuerte sacudida que retumba por dentro, me hace estremecer y se desborda, como un vaso agitado, hasta las lágrimas?… Tampoco. Sigo en la perplejidad…

Entiendo la Palabra de dios, entiendo la Palabra de Dios, cuando actúo como María, nuestra madre.

Ella se atuvo a dos principios elementales. Son simples como nuestros dos oídos. Nos enseñan a escuchar. Fundamentales como nuestros pies. Aprendemos a caminar.

Cuando dejo que la Palabra obre lo que quiera y como quiera en mí, que soy su siervo y servidor. Y digo con y como María: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Cuando la Palabra me alza de mí mismo y me pone en camino. Me empuja a servir a los demás en su menesterosidad, como nuestra Madre: “María, levantándose, se puso en camino y fue a ayudar a su prima Isabel, que iba a dar a luz”.

Entonces sí que puedo estar completamente seguro de que he entendido hasta el fondo la Palabra de Dios. De lo contrario, solo he descifrado vocablos y leído letras; únicamente he mordido la amarga corteza, no he tocado el misterio; no he comido el dulce fruto, me he quedado merodeando por los umbrales.

(Leer la Biblia como Palabra de Dios. Francisco Contreras. Edit. Verbo Divino)