El calor que dan la palabras en el corazón…

Mi vida antes de conocer al Señor no era vida. Yo tenía una venda muy negra en los ojos. Vivía en un pozo muy oscuro y no conocía otra cosa. Mi matrimonio era un infierno. He sufrido mucho, mucho. No sé como he podido aguantar tanto…

Una amiga catequista fue quien por primera vez me leyó algo de la Biblia un día en mi casa, y me dijo que aquello era Palabra de Dios. Me sonó en el corazón: eran palabras de amor. Después han pasado muchas cosas: mi marido murió, mis hijos crecieron, soy abuela de tres nietos, vivo sola pero cerca de una hija, y dedico todo el tiempo que puedo a Caritas en mi parroquia. Sólo me importa ayudar a las personas más necesitadas y a la gente que sufre sin sentido. El Señor ha querido que conozca bien las heridas y desgarros del corazón de las personas para que ahora pueda dedicarme a ellas.

Llevo más de tres años orando cada día con la Palabra, especialmente con los salmos. Haciendo oración con ellos me ha pasado de todo. Hay algunos que me los sé de memoria y parece que forman parte ya de mí. Más de una noche he pasado horas enteras repitiendo y repitiendo y poniendo corazón en las palabras de un salmo. La revista me gustó desde el principio y en la parroquia la utilizamos en un grupo de oración. Yo en la Palabra de Dios he encontrado mucho perdón y consuelo. En verdad, no son las palabras, sino el calor que dan las palabras en el corazón. Conchi L.

 (De Según tu Palabra)

 

 

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lectio divina…

La lectio divina forma parte de los ejercicios espirituales de la vida cisterciense a la misma altura de la liturgia. La lectio divina o “lectura espiritual” es un medio privilegiado para entrar en contacto con el Misterio de Cristo. Tradicionalmente, la Sagrada Escritura es la materia principal de la lectio, de ahí su apelativo divina. La lectio divina es una inmersión de la persona en la Palabra de Dios que contiene el Misterio. Gracias a esta inmersión, se puede realizar una interpretación de sustancias: el Misterio contenido en la Palabra penetrando el corazón y el corazón, órgano de la Palabra, penetrando el Misterio. Inmersión e interpretación, tal es la lectio divina.

La lectio divina va más allá de una simple lectura de la Palabra de Dios. Ella supone la lectura, la meditación y la oración (lectiomeditatiooratio). Pasamos naturalmente de una fase o de un aspecto a otro, sin esfuerzo ni ruptura, bajo la influencia del Espíritu. Si es así, es que el Espíritu presente en nosotros se une a la Palabra de Dios, que está llena del Espíritu Santo, de suerte que la lectio obra como un catalizador y estimula en nosotros la vida de la gracia. Si somos verdaderamente receptivos, la lectio nos unirá al Misterio presente en la Palabra.

El fruto de este contacto con el Misterio es la conciencia espiritual, una conciencia enraizada en el ser. La lectio a medida que despierta, desarrolla y profundiza nuestro ser espiritual por la inmersión en la Palabra, nos da una conciencia cada vez más profunda del Misterio de Cristo. La conciencia espiritual emana del ser espiritual y el ser espiritual es transformado por la conciencia espiritual. Todo esto se logra por la gracia de la Palabra de Dios, llena del Espíritu Santo. Si se considera la vida monástica como una transformación de la conciencia, una transformación del ser, el lugar de la lectio divina llega a ser muy importante.

Veamos ahora algunos aspectos concretos de la lectio divina. Se pueden distinguir seis maneras de hacer la lectio. Sin duda, hay otras, pero éstas nos darán una idea general de su práctica:

En la primera, la Palabra expresa el estado de nuestras almas. Es directa. Dice exactamente lo que queremos decir: “De lo profundo, clamo a Tí…” o “Te exalto Señor, tú que me liberas”, etc.

En la segunda, la Palabra sugiere y nosotros le respondemos personalmente, de manera afectiva o intelectual. Puede ser una súplica, una meditación, una decisión. En la tercera, la Palabra llena. Es el fruto del estudio. Leemos un texto del cual conocemos la significación desde su contexto y ella nos da con qué alimentar nuestro pensamiento para una más amplia reflexión.

En la cuarta, la Palabra hace germinar gracias a la espera. Leemos y releemos un texto, en una espera atenta, en busca de la luz.

En la quinta, la Palabra nos vacía [purifica] y nos lleva hacia dentro del Misterio. Es como entrar en el Misterio a través de la Palabra al mismo tiempo que se sale de sí, progresivamente, continuamente.

En la sexta manera, se podría decir que la palabra busca. Busca el lugar del corazón para una rumiación simple y apacible, que no descarta resultados conscientes.

Estas seis maneras de leer pueden ser superficiales o contemplativas. Esto depende de la profundidad de la persona, ahondada por la gracia de Dios.

Fuente: Abadía Nuestra Señora de la Asunción. Monjas trapenses de Rogersville. Moncton. Canadá.   http://trappistine.org/francais/lectio.html

 

 

LECTIO DIVINA, un poco de historia

En su origen, la Lectio Divina (LD) no era sino la lectura de la Biblia que hacían los cristianos para alimentar su fe, esperanza y amor, animando así su caminar. La Lectio Divina (LD) es tan antigua como la propia Iglesia, que vive de la Palabra de Dios y depende de ella como el agua de su fuente (DV 7,10 y 21) De ese modo prolonga una tradición de las comunidades pobres (anawin) del Antiguo Testamento.

La LD es la lectura creyente y orante de la palabra de Dios, hecha a partir de la fe en Jesús que dice: “El Espíritu les recordará todo lo que les he enseñado y los introducirá en la verdad plena” (Jn 14, 26; 16,13) El Nuevo Testamento, por ejemplo, es el resultado de la lectura del Antiguo Testamento que los primeros cristianos hacían a la luz de la nueva revelación, en la que Dios, a través de Jesús, se manifestó a sí mismo vivo en medio de la comunidad. Sigue leyendo “LECTIO DIVINA, un poco de historia”

Animar la lectura de la Biblia: una tarea y un regalo.

Gonzalo Flor Serrano,  miembro de este grupo de amigos de la lectio divina

 (En recuerdo y agradecimiento a su dedicación para enseñarnos a comprender las Escrituras y amar la Palabra de Dios)

Era a mediados de septiembre. Hacía mucho calor. La plaza que se abría ante la Puerta del Agua estaba abarrotada. Habían montado un estrado para la ocasión, una especie de púlpito de madera, y desde él el sacerdote y letrado Esdras se disponía a empezar la lectura del libro de la Ley de Moisés. Se hizo un silencio sobrecogedor cuando Esdrás abrió el libro. Todos se pusieron en pie y la voz de Esdras resonó con fuerza sobre las cabezas de todos. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y toda la gente, levantando las manos, lanzó un clamor unánime: “Amén, amén”. Luego empezó la lectura. Había otros once lectores, levitas, que leían desde otros puestos el mismo libro de la Ley. Lo traducían y lo explicaban a la gente, para que lo pudieran entender. La gente seguía con atención la lectura y las explicaciones. Estuvieron así varias horas, desde el amanecer hasta el mediodía, a pesar del sol de justicia que los castigaba. La escena era grandiosa e impresionante: mujeres, hombres, todos los que tenían uso de razón, apretados, atentos, conmovidos, con lágrimas en los ojos…

Lo cuenta Nehemías, en el capítulo 8 de su libro (Neh 8,1-12). Nosotros también nos emocionamos al imaginarnos el episodio y al comprobar, un poco después, la reacción de la gente y las recomendaciones de Esdras y Nehemías y los levitas que hacían la lectura: no se debía llorar, no se podía estar tristes en un día como ése, era un día consagrado al Señor, un día de alegría y fiesta, de celebración, una ocasión especial para comer y beber y bailar y hacer un gran festejo porque habían oído la Palabra de Dios y se la habían explicado… ¡y la habían comprendido!

Queremos subrayar esto último: la habían comprendido. Lo subraya el texto de Nehemías (Neh 8,12), Parece que eso fue lo más importante: la comprensión de las palabras de la Escritura. Como si no fuera lo normal, como si fuese algo extraordinario. Pero… ¿es así de verdad? Entender la Palabra de Dios cuando se lee o cuando se escucha, ¿es lo normal? ¿No es cierto que con demasiada frecuencia no entendemos la Biblia? ¿Que muchas de las explicaciones que nos dan o “se van por los cerros de Úbeda” o son más abstrusas y difíciles de entender que la misma Palabra de Dios?

La animación bíblica, aquí queríamos llegar, es una tarea muy delicada y de mucha responsabilidad. La animación bíblica se hace desde muchos ámbitos: los cursos de Biblia, las homilías, las charlas, las reuniones de grupo, los círculos de oración… Pues bien, en todos ellos es necesario que los respectivos animadores estén muy preparados: deben explicar la Palabra, lograr que se entienda y que todos podamos aplicarla a la propia vida. No se trata de entretenerse en disertaciones eruditas sobre historia, sobre literatura, sobre costumbres sociales o cuestiones científicas… Es más bien poner la Palabra al alcance de los oyentes, proporcionarle las claves de lectura de los textos, responder o, mejor, ayudar a que se respondan a las preguntas que el texto plantea y conseguir que descubramos lo que la Palabra nos dice aquí y ahora, en nuestras circunstancias presentes, personales y sociales.

Un autor italiano, G. Ravasi[1], descubre en el texto de Nehemías que hemos leído al principio siete componentes de esa tarea de animación a la lectura de los textos bíblicos: Sigue leyendo “Animar la lectura de la Biblia: una tarea y un regalo.”

Promesas de consuelo y alegría…

Mi nombre es Rosalía y puedo decir que la Palabra de Dios tiene un poder especial y hace sonar en el corazón que Dios te ama cuando se están viviendo momentos de problemas y sufrimientos, cuando la vida te duele… Esto que dice el salmo lo he vivido en muchas ocasiones: “Serán mis delicias tus mandatos… Este es mi consuelo en la aflicción: que tu promesa me da vida… Recordando tus mandamientos, Señor, quedé consolado…”

Todos leemos las mismas palabras del mismo versículo de la misma Biblia, pero no todos disfrutamos del efecto que producen. La Palabra de Dios tiene un poder muy especial de gozo interior y consuelo que los afligidos comprendemos mejor que nadie. En la Biblia leemos verdades muy grandes, pero hay palabras que tienen un sentido especial cuando se está pasando mal, cuando los golpes te martillean en las heridas de la vida: la soledad, el miedo, la enfermedad, la incomprensión, la falta de amor y perdón…

Sí, yo puedo contar que hay promesas de Dios que dan alegría y serenan el espíritu. Dan un consuelo que no se encuentra en los libros de teología, en los manuales de autoayuda, ni en los consejos y buenas palabras que tanta gente, en plan psicólogo, quiere darte cuando vives entre problemas. El consuelo de la Palabra de Dios es real, pone aceite en las heridas, suaviza las cosas, y se nota por dentro, porque da tranquilidad y te vienen fuerzas que abren puertas y salidas que antes estaban cerradas y oscuras. Conocer a Jesús como Palabra de Dios es el mayor consuelo.

La Palabra me da vida, porque me hace más humana, me saca de mí misma, me enseña a contar para todo con la ayuda de Dios y me mueve a acercarme a las personas como hermana. A lo largo de los años, el Señor va sanando mi corazón y convirtiéndolo a Él en la oración. La lectura y escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y mi vida familiar son como el taller en el que el Señor va trabajando mi corazón. Dedicar un tiempo cada día a la oración es para mí lo primero para caminar en el Señor. Sin este rato todo son palabras, reuniones, buenos propósitos y doble vida. La voluntad y los planes de Dios se van haciendo mis delicias en la oración. En la presencia de Dios le encuentro sentido a las miserias y pobrezas de mi vida. Tengo dos hijas y doy clases de inglés en un colegio. Mi marido tiene una librería en la que también ayudo. Ojalá puedan servir a otros estas cosas que el Señor enseña en la oración, porque ahí se me hace real y de cada día. Rosalía D.

Oración

“Dios nuestro, Padre de la Luz. Tú has enviado al mundo tu Palabra, sabiduría que sale de tu boca y que ha reinado sobre todos los pueblos de la tierra (Eclo 24,6-8).

Tú has querido que ella haga su morada en Israel y, que a través de Moisés, los Profetas y los Salmos (Lc 24,44) ella manifieste tu voluntad y hable a tu pueblo de Jesús, el Mesías esperado. Finalmente has querido que tu propio Hijo, Palabra eterna que de ti procede (Jn 1,1-14), se hiciera carne y plantara su tienda en medio de nosotros. Él nació de la Virgen María y fue concebido por el Espíritu Santo (Lc 1,35).

Envía ahora tu Espíritu sobre mí: que Él me dé un corazón capaz de escuchar (1Re 3,9), me permita encontrarte en tus Santas Escrituras y engendre tu Verbo en mí. Que el Espíritu Santo levante el velo de mis ojos (2Cor 3,12-16). Que Él me conduzca a la Verdad Completa (Jn 16,13) y me dé inteligencia y perseverancia. Te lo pido por Jesucristo, nuestro Señor, que sea bendito por los siglos de los siglos. Amén”

E. Bianchi

Discusiones de los hijos: Gal 3, 26-29

Esta lectura suena de forma muy especial en mi corazón. Aún no se han calmado las aguas de una discusión entre dos de mis hijos. En la sobremesa del domingo se encendieron los ánimos hablando de la crisis económica y los problemas de los bancos. Los fuegos comienzan en fricciones muy pequeñas, pero hay que ver cómo pueden hacer daño. La lectura de esta noche me ha hecho recordar y leer de otra forma todo lo sucedido durante la comida. Cuando los hijos ya son mayores y tienen sus familias cuesta mucho mantener la unidad y el respeto de las distinciones entre “judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres” como dice el texto.

Era una comida familiar para celebrar el primer año del nieto La verdad es que las discordias de los hijos duelen mucho a los padres. Mi marido las lleva fatal. Siempre procuro evitar enfrentamientos y disputas. Se nos ha metido en casa el virus de esos programas de televisión que enseñan cada día a polemizar sin querer llegar a acuerdos, sino simplemente para discutir exhibiendo lo que sabe cada uno.

Está claro que la unidad sin cariño entre los hermanos es imposible. Cristo Jesús es el punto de encuentro, el que nos da el cariño y el respeto a los diferentes hermanos, el que construye la unidad entre los hijos del Padre. Me queda claro que la unidad no es un estado de ánimo, no es un principio de acuerdo, sino que hay que trabajársela cada uno. En este rato de oración he visto claro muchas cosas de mis hijos cuando nos reunimos. Isabel S

“Vivencias”. Cuaderno Según tu Palabra.