Beneficios de la lectio divina…

“La lectio divina es una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como Palabra e Di0s, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación, oración y contemplación”. (“La interpretación de la Biblia en la Iglesia”. Pontificia Comisión Bíblica 1993)

Beneficios de esta forma de lectura

Te va convirtiendo a Jesús: sucede como un encuentro amoroso con su persona, te acerca a la humanidad de su corazón. El Espíritu te va revelando la buena noticia de su vida entregada.

Se hace siguiendo unos pasos, unas actitudes y movimientos del corazón que mueven a vivir la experiencia de que Dios habla saliendo a tu encuentro en las palabras que lees.

Tu corazón se va enterando del mensaje de amor de las palabras del texto. El Espíritu te irá abriendo a la escucha, el silencio y la oración para mirar tu vida desde la vida de Jesús que sana y libera las heridas del corazón.

Te hace más amigo de tus pobrezas y limitaciones. Te comprendes mejor. Te reconcilias con tu pasado. Te mueve a vivir con más esperanza y a encontrar en todo lo que ocurre la mano de Dios.

Te enseña a vivir como hijo de Dios y más hermano de las personas con las que vives. Te abre los ojos a sus necesidades y el corazón a sus sufrimientos. Te hace más real la presencia de Dios entre nosotros.

Esta forma de lectura es un camino corto para conocer a Jesús…

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Amor a la Palabra de Dios…

                                                                                                         Oración desde esta foto

 Te doy gracias, Padre Bueno, porque me has regalado el gusto y el amor por la escucha de tu Palabra. La Biblia es mi tesoro escondido: el libro al que más tiempo le dedico cada día. La Biblia es un espejo con mucha luz que Tú me regalas para que pueda mirar la vida como discípulo de Jesús. La Biblia es una bendición del cielo.

Te doy gracias, Padre Bueno, porque es el Espíritu Santo quien da vida a las palabras, quien me empuja a vivir hacia delante, quien hace que mire a las personas como hermanos. Muchos días eres Tú quien me abrazas a través de las palabras de la lectura y quien me mueves a la alegría. Muchos días, al escucharte en silencio, haces que aprenda de María y me deje tocar el corazón esperando que Tú tengas siempre la última palabra. Reconozco la fuerza de tus brazos: que las escrituras hablan, que las palabras suenan, que me animas, que me abrazas, que no te cansas de tener paciencia y decir en la oración: “anda, sigue, levántate y anda”.

Te doy gracias, Padre Bueno, porque en tu Palabra hay vida, porque tus brazos me abrazan y tus palabras me suenan con más fuerza cuando perdonas. Ya sabes, Padre Bueno, cada vez que tu misericordia me lleva los ojos hacia ti, me acerca a los hermanos y me saca de las miserias del egoísmo. Sí, Padre Bueno, gracias porque Jesús es Pan de vida y Palabra hecha carne entre nosotros para hacernos vivir como hermanos.

Te doy gracias, Padre Bueno, porque me has enseñado con los años que eres el Dios que buscas y hablas a los hombres para hacernos ver lo bueno que es vivir en Jesús. Sí, Padre, con tu Hijo amado y el Señor que ha tenido tanta compasión de mí. Dame fuerzas para ser testigo del amor que hay en tu voz y en la fuerza de tus brazos. Dame fuerzas para compartir que tu Palabra es camino que lleva a la fraternidad. Pablo T.

Cómo leer la Biblia…

                                                                    Fuente: Carlos Mesters. “Flor sin defensa”

 La reflexión sobre la realidad

Interpretar la Biblia sin mirar la realidad de la vida, es como mantener la sal fuera de la comida, o la semilla fuera de la tierra, o la luz debajo de la mesa: es como gajo sin tron­co, ojos sin cabeza, río sin lecho.

En efecto, la Biblia no fue el primer libro que Dios escri­bió para nosotros, ni el más importante. El primer libro es la naturaleza creada por la palabra de Dios; son los hechos, los acontecimientos, la historia, todo lo que existe y sucede en la vida del pueblo; es la realidad que nos envuelve. Dios quiere comunicarse con nosotros a través de la vida que vivimos. Por medio de ella, Él nos transmite su mensaje de amor y de jus­ticia.

Pero nosotros los hombres, a causa de nuestros pecados, organizamos el mundo de tal manera y creamos una sociedad tan retorcida, que ya no es posible percibir claramente la voz de Dios en esta vida que vivimos. Por eso, Dios escribió un segundo libro que es la Biblia. El segundo libro no vino a sus­tituir al primero. La Biblia no vino a ocupar el lugar de la vi­da. La Biblia fue escrita para ayudarnos a entender mejor el sentido de la vida y percibir la presencia de la palabra de Dios dentro de nuestra realidad.

San Agustín resumió todo esto de la manera siguiente: “la Biblia, el segundo libro de Dios, fue escrita para ayudar­nos a descifrar el mundo, para devolvernos la mirada de la fe y de la contemplación, y para transformar toda la realidad en una gran revelación de Dios”.

Por eso, quien lee y estudia la Biblia, pero no mira la rea­lidad es infiel a la palabra de Dios y no imita a Jesucristo. Es semejante a los fariseos que conocían la Biblia de memo­ria, pero no la practicaban.

El estudio de la Biblia en sí

El estudio de la Biblia debe hacerse con mucha seriedad y disciplina. Considera la lectura que haces de la Biblia co­mo una conversación con Dios. Pues bien, cuando alguien conversa con otro, debe tomar las palabras del otro en el sen­tido en que son dichas por él. Yo no puedo colocar mis ideas dentro de las palabras del otro. No puedo sacar del texto nin­gún sentido a no ser aquel que está dentro del texto. Convie­ne ser severo y exigente consigo mismo en este punto. Nunca manipular el texto en favor de las propias ideas.

Pero un texto puede leerse con dos mentalidades: con la mentalidad avarienta de un puño cerrado o con la mentalidad generosa de una mano abierta. Se debe ser generoso y nunca avariento en la interpretación de la Biblia. Esto quiere decir: leer no sólo las líneas, sino también las entre líneas. En todos los textos siempre hay dos cosas: las cosas dichas abiertamen­te en las líneas, y las cosas dichas veladamente en las entre lí­neas. Las dos provienen del autor del texto y ambas son igual­mente importantes.

¿Cómo descubrir lo que el autor dice entre líneas? Utili­zando la inteligencia, el corazón y la imaginación, preguntan­do siempre: 1) ¿Quién habla y a quién? 2) ¿Qué está queriendo decir y por qué? 3) ¿En qué situación está hablando o escri­biendo, y cuál es el estilo que utiliza para dar su recado? 4) ¿Cuál es el ambiente que crea por medio de sus palabras y cuál el interés que defiende? Estas y otras preguntas nos ayu­dan a correr la cortina y a percibir lo que existe en las entre líneas del texto bíblico.

Además, las introducciones de cada libro, las notas al pie de página, las referencias a otros textos bíblicos, los mapas geográficos y el vocabulario que se encuentra de ordinario al final de la Biblia, han sido escritos para ayudar en el descu­brimiento del sentido cierto y exacto del texto. Y aquí con­viene recordar lo siguiente: a nadar se aprende nadando. El conocimiento de la Biblia se adquiere por medio de una prác­tica constante de su lectura, a ser posible diaria.

Los más pobres me enseñaron…

Para mí la Palabra de Dios es el sentido de mi vida, es el contacto permanente con Dios, con Jesús, con su Espíritu… Es todo: mi iluminación, mi camino, mi verdad, mi guía; es mi consuelo y la alegría de mi corazón.

En ella descubro un Dios enamorado y apasionado por todos nosotros, y en mí siempre se dio aquello del profeta Elías que decía; “ardo de celos, de pasión por el Señor, mi Dios… porque su pueblo se ha olvidado de Él. (1Re 19). Desde que descubrí a Dios en su Palabra toda mi pasión es darla a conocer. Y como franciscana que soy, vivir el Evangelio a la letra…

 El gran descubrimiento de la Biblia en mi vida, ha sido en las comunidades Bíblicas con los pobres de la tierra, concretamente en la Patagonia Argentina. Allí teníamos comunidades pequeñas donde nos nutríamos semanalmente de la Lectura Orante, guiándonos de libritos de Carlos Mester. Vivíamos centrados en lo que vivieron los discípulos y las discípulas de Jesús cuando Él los mandó atravesar al otro lado del mar.

Los más pobres me enseñaron a confiar totalmente en el Señor, aun en la noche oscura, de la pobreza total: sin seguridades pero seguros en que el Señor nunca nos abandona. No fue una experiencia teórica, sino la vivencia diaria de experimentar  la presencia de Dios en cada persona y en todas las cosas. El fue quien nos acompañó siempre. Y esos grupos siguen viviendo gracia a la fe en la Palabra de Dios, que es mucho más que las palabras escritas. Es la vida encarnada de Jesús en la comunidad creyente.

H. Marisa, fmm

 

 

Leer… Meditar… Rumiar…

Los monjes antiguos y medievales solían practicar la meditatio: asimilar mejor lo que leían, asimilarlo por completo, mediante una especie de masticación y digestión comparables a las de los rumiantes. En realidad, tanto en los autores antiguos como en los medievales aparecen con frecuencia los vocablos ruminatio y ruminare como sinónimos de meditatio y meditare.

B. Lotz compara la meditatio a un buen enólogo que conserva y agita sobre la lengua un vino generoso hasta que ha gustado completamente su sabor, absorbiéndolo enteramente.

Louf “piensa involuntariamente en la apacible e interminable rumia de las vacas a la sombra de un árbol; la imagen es un poco trivial, pero elocuente: evoca el reposo, la quietud, una total concentración, una paciente asimilación”.

Ruppert prefiere ruminatio a meditatio, aun reconociendo que son sinónimos, porque resiste mejor al peligro del intelectualismo; la ruminatio, según él, consta de dos partes: primera, repetir con frecuencia e incluso continuamente una palabra o un texto; segunda, saborear y asimilar interiormente esa palabra. La imagen de la masticación, la digestión y la asimilación interior conviene mejor al efecto que se pretende: hacer pasar la Palabra de Dios no a la cabeza, sino al corazón.

Desde el principio del monacato, la meditatio aparece como un elemento que podría clasificarse entre los más esenciales. La practicaron san Antonio y los ermitaños, san Pacomio y sus discípulos.

Los maestros de los monjes la aconsejaron, la impusieron, sin cansarse de insistir. Un apotegma atribuido a san Antonio en una colección afirma que el monje no debe ser como el caballo, que come mucho y a todas horas y enseguida pierde lo que come, sino como el camello, que va rumiando lo que ha comido hasta que el alimento penetra en “sus huesos y sus carnes”.

Meditare, ruminare -escribe J. Leclercq-, significa “adherirse íntimamente a la frase que se recita y pesar todas sus palabras para alcanzar la plenitud de su sentido”; significa “asimilar el contenido de un texto por medio de una cierta masticación que le extrae todo su sabor”; significa saborearlo con el “paladar del corazón”

(Tomado de: La Lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina. G. M. Colombas. Edic. Monte Cansino)

 

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Estamos reuniendo opiniones breves sobre la lectio. Por favor, mira esta pregunta y dí algo sencillo por aquí :

¿Puedes decir dos palabras o una frase breve que
expresen lo que es para ti la lectio divina?

Manoli Picón: Para mi ha supuesto un cambio de vida. Ahora la miro con otros ojos y procuro mirar también a mis hermanos los hombres como El me mira a mi

Adela Encinas: Escucha íntima que invita a la entrega.

Sara Patricia Soto: Reflexión en comunión orante de la Palabra. Atención y escucha a solas pero acompañados.

Joan Franc: Un espacio de intimidad…

Mora Dumec: La palabra que cobra vida y le da sentido

Alicia Guillen: Luz en mi sendero

Joaquin Centeno: Lectura orante y creyente de la Biblia

Lola del Pino: Lo mejor que me ha pasado en la vida espiritual

Isidro L. Ruiz: Paz y bien

H. Carmen T, op: Camino de santificación

 

 

La lectio no es magia… Es algo del Espíritu Santo

¿Qué encuentras en la lectura de la Biblia? El Antiguo Testamento lo comprendo menos, a veces me perturba, pero en la Biblia encuentro respuestas del Señor para cantidad de preguntas que surgen hoy en mi vida. Vivimos entre muchos sinsentidos.

¿Cómo te ayuda el Espíritu Santo en la lectura? Porque veo que las lecturas tienen mucho que decir a la vida que llevo, a lo que necesito, a lo que siento. Y esto no es magia, es que el Señor quiere hablar con cada uno de sus hijos, es algo del Espíritu Santo.

¿Qué tiene que ver con tu vida la Palabra de Dios? Hay días que me maravilla. Es como un foco que da luz a situaciones y sombras muy concretas que estoy viviendo cada día. Hace poco ha habido problemas que me hacían perder la paz y enemistarme con alguien del trabajo. La lectura de ayer me abría los ojos para ver esto con Jesús y todo cambia. En realidad, leer la Biblia como Palabra de Dios enseña a leer las situaciones que se viven cada día. La lectio no es magia, da vida, da paz. Viviana M.